a que el dolor finalmente hiciera acto de
presencia.
Resultó algo atroz. Tenía la sensación de que me habían practicado una gran abertura en el pecho
a través del cual me habían extirpado los principales órganos vitales y me habían dejado allí, rajada,
con los profundos cortes sin curar y sangrando y palpitando a pesar del tiempo transcurrido.
Racionalmlente, sabía que mis pulmones tenían que estar intactos, ya que jadeaba en busca de aire
y la cabeza me daba vueltas como si todos los esfuerzos no sirvieran de nada.
Mi corazón también seguía latiendo, aunque no podía oír el sonido de mi pulso
en los oídos e imaginaba mis manos azules del frío que sentía. Me acurrucaba y me abrazaba
las costillas para sujetármelas. Luché por recuperar el aturdimiento, la negación, pero me eludía.
Y sin embargo, me di cuenta de que iba a sobrevivir. Estaba alerta, sentía el sufrimiento, aquel
vacío doloroso que irradiaba de mi pecho y enviaba incontrolables flujos de angustia hacia la
cabeza y las extremidades. Pero podía soportarlo. Podía vivir con él. No me parecía que el dolor
se hubiera debilitado con el trascurso del tiempo, sino que, por el contrario, más bien era yo quien
me habia fortalecido lo suficiente para soportarlo.
Fuera lo que fuera lo que hubiese ocurrido esa noche, tanto si la responsabilidad era de los zombis,
de la adrenalina o de las alucinaciones, lo cierto es que me había despertado.
Por primera vez en mucho tiempo, no sabía lo que me depararía la mañana siguiente.
Pág. 127 Luna Nueva
Stephenie Meyer




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